Lo que quedó en silencio y busca ser escuchado

Lo que quedó en silencio y busca ser escuchado

Es un placer estar escondido, pero un desastre no ser encontrado.”

— D. W. Winnicott


Hay experiencias que se guardan durante años. Secretos que no se pueden contar, recuerdos que aparecen de manera confusa o dolores para los que todavía no existen palabras.

A veces nadie sabe lo que ocurrió. Otras veces alguien sabe, pero no pregunta. Y en muchas ocasiones es la propia persona quien no logra comprender del todo aquello que vivió. Solo sabe que hay algo que duele.

Ese dolor puede aparecer de distintas maneras: como lágrimas que llegan sin saber exactamente por qué, como rabia, miedo, ansiedad, dificultad para confiar o establecer vínculos. A veces también se expresa en el cuerpo, en una tensión persistente o en un malestar que parece no tener una historia que podamos contar.

Cuando una experiencia ha sido demasiado intensa, amenazante o dolorosa, nuestra mente puede intentar protegernos separándola del resto de nuestra experiencia. No desaparece necesariamente: queda guardada de otra manera.

Entonces ocurre algo que siempre me ha parecido profundamente humano: una parte de la vida continúa y, al mismo tiempo, otra puede quedar detenida allí.

¿Qué hacemos con esa paradoja? ¿Cómo seguimos adelante cuando algo de nosotros parece haberse quedado atrapado en una experiencia que no pudo ser comprendida, compartida o puesta en palabras?

Continuamos… estudiamos, trabajamos, nos enamoramos, tenemos hijos, hacemos amigos, construimos una vida. Otras veces no; quedamos paralizados, desconectados o profundamente desregulados, y ese sufrimiento empieza a nombrarse como depresión, bipolaridad, trastornos de personalidad u otros diagnósticos que intentan dar cuenta de lo que ocurre.

Pero, con o sin diagnóstico, puede seguir existiendo algo escondido: una experiencia que no encontró palabras, una parte de la historia que quedó atrapada y que continúa apareciendo en el cuerpo, en los vínculos, en la rabia, en el miedo o en una tristeza difícil de comprender.

Winnicott pensó el trauma en relación con una ruptura de la continuidad de ser. Hay experiencias que suceden cuando todavía no tenemos los recursos psíquicos o relacionales para poder integrarlas. Más tarde pueden permanecer como algo pendiente, algo que ocurrió, pero que todavía necesita encontrar un lugar dentro de nuestra propia historia.

Guardar un secreto doloroso no significa solamente no contarlo.

Significa muchas veces haber tenido que permanecer solo con algo demasiado grande. Sentir vergüenza, temor a no ser creído, miedo a las consecuencias de hablar o incluso dificultad para encontrar las palabras que expliquen lo ocurrido.

Por eso, cuando pensamos en psicoterapia, no creo que el primer objetivo deba ser necesariamente hacer hablar.

Preguntar insistentemente, intentar reconstruir rápidamente una historia o creer que para sanar hay que contarlo todo puede transformarse, incluso con buenas intenciones, en una nueva experiencia de intrusión.

Hay silencios que necesitan tiempo. La diferencia fundamental es que ese silencio ya no tenga que vivirse en soledad.

En terapia puede existir un tiempo en que todavía no se pueda hablar de aquello que duele. Un tiempo para construir confianza, reconocer emociones, observar lo que sucede en los vínculos y comenzar a comprender aquello que hasta entonces solo podía sentirse.

Me gusta pensar ese momento como un silencio acompañado.

Dos personas saben que hay algo allí, aunque todavía no pueda ser nombrado.

El terapeuta no empuja ni abandona. Permanece.

Y esa presencia empieza lentamente a transformar la experiencia: aquello que durante mucho tiempo tuvo que ser sostenido en soledad empieza a ser compartido.

Quizás primero aparece una sensación. Después una imagen, una rabia, una pregunta, un recuerdo incompleto. Poco a poco puede comenzar a construirse una narrativa.

No se trata solamente de recordar. Se trata de poder integrar esa experiencia a la propia biografía: reconocer que aquello ocurrió, comprender cómo nos afectó y descubrir que no necesitamos seguir viviendo enteramente organizados alrededor de ese dolor.

Acompañar un proceso terapéutico implica, muchas veces, acercarse juntos a lugares que durante mucho tiempo tuvieron que permanecer cerrados.

No para quedarse allí, sino para poder entrar, mirar, comprender y, cuando sea posible, volver a salir.

Ir acompañando ese recorrido, sin apresurarlo, puede permitir que aquello que quedó detenido empiece poco a poco a integrarse a la propia historia.

Tal vez reparar no significa borrar lo vivido. Hay experiencias que forman parte de nuestra historia y no pueden desaparecer. Pero sí podemos aspirar a que dejen de ocupar silenciosamente todo el espacio.

Que esa parte de la vida que quedó detenida pueda empezar nuevamente a moverse.

Y quizás el comienzo sea mucho más pequeño de lo que imaginamos, a veces el primer paso no es contar el secreto, sino descubrir que no tenemos que quedarnos solos con él.

Este contenido es informativo y no reemplaza una evaluación psicológica. Luminus no presta atención clínica directa ni es un canal de urgencias. La atención psicológica es realizada por profesionales independientes de la red.

Por Vanessa Koppmann,

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